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El Espacio Migrante, ¿Propio o Ajeno? 🤔

Mi alma de arquitecta y mi condición de habitante de un monoambiente me ha llevado a armar juicios de valor sobre el espacio que nos corresponde morar durante la migración.

Desde hace meses que vengo hablando de lo desafiante que es vivir en un solo espacio.

«-¿Y el baño sí tiene paredes y puerta?
-Sí, mamá, claro que sí».

Mi descripción sobre éste era tal que hasta mi mamá me vaciló. Sí, ya sé que estaba bromeando, pero me cayó en gracia la pregunta.

Antes de emigrar tenía dos habitaciones para mí, en dos hogares diferentes, que venían siendo el mismo, pero con ubicaciones distintas. De vivir en apartamento dúplex en Mérida y visitar la casa de campo y la colonial de los abuelos los fines de semana, a habitar un monoambiente en Buenos Aires, con opción a visitar amigos que viven en otros monoambientes.

Llegué a un espacio con una cama, una mesa, dos muebles, tres sillas, una nevera (heladera), una cocina, un balcón, cuatro paredes y media (porque el baño sí tiene paredes), piso y techo. Éste era mi nueva residencia, que en un tiempito se convertiría en hogar, por una cuestión más de convivencia que de espacio per se. Hoy, siento que vivo en un laboratorio de ideas.

Home-office con Luka

Por curiosidad arquitectónica y con base en las vivencias como migrantes quise indagar en el asunto. En diseño es fundamental oír y entender para luego proponer, pues me interesa saber y contrastar opiniones y vivencias. Por eso me dio por averiguar qué experiencias han tenido otros migrantes y cómo se han sentido al respecto. Entonces me atreví, lancé un par de preguntas abiertas porque sabía que no sólo a mí me parecía increíble este contraste espacial, quería indagar en el vínculo espacio / emoción.

Recibí varias historias que me rompieron el alma, una de esas personas respondió «la mía ni te la cuento, porque te va a dar lástima»; pero confió en mí, y terminó por contarmela. Ninguno ha vivido bajo un puente, pero al saber sus historias pensaba en los momentos tan dramáticos que tenemos que pasar; no sólo por no pertenecer al lugar, ni tener casi nada, sino por el cambio tan abrupto al que hemos quedado expuestos. De una casa entera a una habitación compartida con tres más, de vivir solos en un departamento, a vivir en un monoambiente con dos más. De vivir en una casa, a vivir en 8m² y sin luz natural; y pare de contar. ¿¡Cuándo en la vida!?

Una de las partes más rudas de la migración es, sin duda, el espacio. Toca reinventarlo para hacerlo más llevadero, más ligero de habitar, más práctico de morar.

Un espacio se vuelve habitable cuando tiene almas que lo ocupen, pero también cuando hay ganas de vivirlo de la mejor manera. Decía Norberg Schulz que la manera de vivir un espacio está ligada al «Construir, habitar, pensar», es decir, hacerse consciente de lo que se habita. Un espacio es más que una edificación, es también actitud, es experiencia, es aprendizaje. Finalmente la morada es ese lugar para descansar, para refugiarnos, para cocinar, para lavarse, pero también para proyectar, para creer, para crecer.

Heidegger decía que, «es el templo, por el mero hecho de alzarse ahí en permanencia, el que le da a las cosas su aspecto y a los hombres la visión de sí mismos».

Entonces decidí optar por aplicar el pensamiento Heideggeriano, puntualizando que la edificación es poesía cuando se sabe habitar. ¡Y qué delicia vivir en un lugar reconfortante!

¿Cómo se transformó un monoambiente en un lugar agradable para habitar?

Yo les cuento, el departamento se convirtió en esto: Post-its, plumas, marcadores, papeles, rayas, ideas, proyectos, pan, mucho vino, comfort food, perrito, tertulias, música, baile, cocinar con amigos, balcón bonito.

Desde que llegué no he invertido en mobiliario ni remodelaciones, no le he hecho cambios trascendentales al departamento; -más que arreglos cotidianos de una tubería que se suelta o un cable que se quema-, porque de autonomía casera hay que aprender; tampoco quiero hacerlo, porque siempre pienso que mañana ya me tocará irme. Pero sí considero que el día a día sea llevadero, que ESE espacio se convierta en TU espacio, por eso pienso que el cambio debe ser muy personal, muy desde la actitud, desde lo que nos haga sentir «en casa«.


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6 pensamientos sobre “El Espacio Migrante, ¿Propio o Ajeno? 🤔”

  1. Me encantó tu forma de escribir Patricia. Muy buen artículo. Aunque aún no formo parte del grupo de migrantes, siento empatía gracias a tus palabras. Es importante poder identificarse con el otro aunque uno viva circunstancias diferentes. Ya tendrás que conversar con los que se quedan y como algunos lo llevamos a través de la reinvención. Un abrazo fuerte y quedo a la espera del próximo artículo.

    1. Patricia Vera Paparoni

      Gracias Gloria, por tu linda apreciación del otro lado de esta experiencia. Me encanta que lo hayas sentido. Ya tendremos muchos cuentos para compartir, y con un vino será.
      Abrazo grande para ti. Semanalmente (o así lo queremos) estaremos compartiendo un nuevo post.

  2. Me parece maravilloso ser capaz de convertir un espacio tan pequeño en un refugio para tres personas. Pero lo mas relevante es pensar q el espacio compartido es no solo para las personas como tal sino llenarlo de vivencias, ideas y proyectos propios y ajenos q alimentan y enriquecen el reto de la vida diaria.

    1. Patricia Vera Paparoni

      Llenar el espacio de proyectos es nuestro pan de cada día, además del horneado que hace Vif. 😄 Apostamos por ello, y por otras ocurrencias. Aquí seguimos, estructurando ideas.
      Gracias Yolanda, por tu comentario. Súper atinado.

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