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Virginia Woolf Vs. Le Corbusier. Ella quería una Habitación Propia, él toda la Ciudad

Mientras Virginia Woolf deseaba una habitación propia para escribir, Le Corbusier proyectaba una ciudad para hombres. En los 20 de aquel siglo.

La historia de Virginia Woolf, la escritora que sabiendo que no contaba con el derecho a usar las áreas verdes o las bibliotecas para escribir, anhelaba con profundo deseo una habitación propia y libertad financiera, “todo lo que una escritora necesita”, decía. Y también la historia de Le Corbusier, un arquitecto suizo que se empecinó con las necesidades del hombre y construyó “el modulor”, todo en función de ÉL. La medida perfecta para diseñar la machine à habiter.

Escucha nuestro podcast aquí.

Virginia Woolf y Le Corbusier. La desigualdad del espacio

La idea del post que les vengo a compartir nace, básicamente, de un tuit que un día se me atravesó por el feed y me dejó pensativa, preocupada, reflexiva…

Estamos en pleno 2020 (casi cien años después de aquel panorama) y todavía siento las consecuencias de una vivienda diseñada por un hombre, y en razón de las necesidades del hombre moderno, el que trabaja todo el día, al que hay que atender y el que tiene una familia y una mujer que supuestamente debe estar en casa, limpiando, cocinando, lavando, planchando, tendiendo las camas, y si le queda tiempo, viendo televisión o sentándose por la ventana a mirar el atardecer o ver pasar la gente.

Siempre he criticado los mesones de muchas viviendas, sobre todo de ésas que ya compramos hechas, como los departamentos. ¿No les parece que a la cocina siempre le falta espacio? Por lo menos para picar, para preparar alimentos, y hasta para hacer visita, porque los latinos así somos.

La crítica se acentuó cuando un día en la facultad me pusieron como ejercicio de taller, diseñar una vivienda de interés social. A mí el ejercicio me llamaba mucho la atención. El reto de diseñar una vivienda de pocos m2 pero que resolviera todas las necesidades de una familia, y que además fuera de bajo presupuesto era bastante exigente, pero no imposible; y eso me encantaba.

Llegué toda emocionada a la primera corrección, con un montón de bocetos, y el profesor lo primero que hizo fue tumbarme la cocina que había propuesto; “muy grande” me dice, “y ese mesón nada que ver, redúcelo, con 50 cm está bien”. Yo me quería morir, ¿cómo que con 50 cm está bien? ¿Ese tipo se volvió loco o es que nunca ha cocinado en su vida?, -pensé-. Y así siguió con las demás áreas, redujo circulación, quitó área de esparcimiento, ¿para qué? Obvio, agregarle m2 al estacionamiento. Ah no pues, la casa diseñada para el carro, por eso es que estamos como estamos.

Le Corbusier: De la ciudad moderna y una arquitectura para el hombre

Si algo tenía Le Corbusier era la idea de que el carro te llevara hasta la cama, de ser posible, y lo logró muy de cerca, por eso propone la planta libre, para que el carro (mayormente manejado por hombres) tenga la posibilidad de entrar y dejarte justo frente a la puerta de la casa, la máquina de habitar, naturalmente diseñada para el hombre. Le Corbusier proponía “construir en toda la tierra francesa viviendas dignas de los hombres, de las cosas, de las instituciones, de las ideas”.



El plan urbano de Le Corbusier para París, La Ville Radieuse: una imagen del poder centralizado, la élite, hombres de negocios que habitan lo más alto de los rascacielos mientras contemplan a su alrededor el teatro de la cotidianidad; al mejor estilo de «High-Rise«.

En los tiempos de las máquinas, para Le Corbusier una vivienda era una casa para el hombre; y la arquitectura, su pareja. La vivienda se volvió una máquina para vivir, donde el hombre era el centro de la preocupación arquitectónica, y la cual, naturalmente, sería mantenida por la mujer, en el sentido doméstico.

No hay mucho que discutir, era obvio que para nuestro gran Le Corbusier las soluciones de diseño eran en función del hombre. La mujer brillaba por su ausencia, o más bien se quedaba en casa, resolviendo necesidades domésticas, el trabajo peor pagado de la historia.

(…) la actividad doméstica no queda reflejada en ningún documento, sólo en la memoria. No es un trabajo remunerado y tampoco realmente voluntario, pues se trata de una costumbre impuesta tradicionalmente por una sociedad. Pero, al fin y al cabo, es trabajo: “aunque de este trabajo no resulta un salario para nosotras mismas, elaboramos el producto más preciado del mercado capitalista: la fuerza de trabajo. Las tareas del hogar, de hecho, son mucho más que limpiar. Es servir al que gana un salario físico, emocional, sexualmente, preparándolo para que vaya a trabajar día tras día por un salario.”

(COX Y FEDERICI, 1975)

Virginia Woolf y Le Corbusier: Espacio Privado vs Espacio Público

En paralelo a lo que proyectaba Le Corbusier, estaba Virginia Woolf, quien había crecido en diferentes viviendas, pero todas compartidas con “los tuyos, los míos y los nuestros”, producto de las andanzas de su madre y su padre, luchaba por, algún día, tener su espacio privado para escribir.

¿Escribir? ¿Una mujer? ¡Como si fuera posible en esa época!

Sí, en la misma época donde “Sólo los «fellows» y los «scholars» pueden pisar el césped; la grava era el lugar que me correspondía”, decía Woolf.

¿Tú eres loco Ramón? ¡Tan rico que es echarse en la grama a leer o a escribir como para que no tengas derecho sólo por ser mujer! Los espacios abiertos y naturales son una manera de alejarse o liberarse del teatro de la cotidianidad. Además de que permiten expandir la mente, generar ideas, sin tanto prejuicio. Pero dice Virginia Woolf que «la libertad dura lo que tarda un vigilante en recordar que el uso de los espacios libres también está sujeto a una jerarquía espacial, en la que el hombre –estudiante, profesor- disfruta de una mayor capacidad de uso que la mujer». ¡Vaya tragedia, la considero!

“Paseando despacio por aquellos colegios, por delante de aquellas salas antiguas, la aspereza del presente parecía suavizarse, desaparecer; el cuerpo parecía contenido en un milagroso armario de cristal que no dejara penetrar ningún sonido, y la mente, liberada de todo contacto con los hechos (a menos que uno volviera a pisar el césped), se hallaba disponible para cualquier meditación que estuviera en armonía con el momento.”

(Woolf, 1929). Una habitación propia.

¿Virginia Woolf, un elemento arquitectónico?

Hablando con Andrea Valdés, escritora española, llegamos a la conclusión, de que, además de tomar a Virginia Woolf como una luchadora por el derecho de las mujeres a tener una habitación propia para escribir, podemos percibir cómo maneja la sensibilidad y nos hace sentir el paso del tiempo en sus escritos. El tiempo como elemento arquitectónico, un mecanismo de envejecimiento.

Y esa sensibilidad, ese tiempo que pasa y envejece refleja la severidad y utilidad de la arquitectura. Espacios públicos para estar, espacios privados para ser. Los espacios arquitectónicos le dan importancia a las necesidades de privacidad, encuadrándolas en cuatro paredes y una puerta. Lo privado acepta fantasía, capricho y exotismo.

De Le Corbusier, el espacio público, la cité moderne, la ville radieuse; el GRAN defecto: las necesidades de las mujeres quedan silenciadas y éstas apartadas en un espacio privado y doméstico, para que los hombres puedan desarrollarse, crecer y realizarse como personas en el espacio público.

Ni las ciudades ni los espacios arquitectónicos tienen la culpa de esta idiotez. Las ciudades nos encuentran, hacen que generemos y confrontemos ideas y que creemos juntos. Ninguno de los grandes inventos e ideas de la humanidad serían posibles sin las ciudades y lo urbano.

Si Virginia Woolf narra que en muchas ocasiones la casa es el lugar de reposo de otros, y donde las mujeres se ven obligadas a ejercer oficios domésticos, es imposible encontrar en la casa un lugar para la imaginación y el pensamiento, como lo contemplaba Le Corbusier en La Ville Radieuse. Entonces, ¿Dónde queda la libertad, la identidad? Seguramente en un lugar aún no diseñado, sin habitar, un espacio abierto.

CIELO ABIERTO  > LIBERTAD  > IDENTIDAD

El no tener un cuarto propio se vuelve también sinónimo de pobreza, por eso “habitación propia” y “dinero” son los dos elementos fundamentales de «Una habitación propia», de Virginia Woolf. Pero eso lo dejamos para otro post.

Entonces, muy querido y endiosado Le Corbusier, hermosa -de verdad- tu Unité de habitation de Marseille con sus módulos de concreto bien orientados y espaciados; pero a juzgar por esa cocinita, da la impresión de que no cocinabas -como el profe-. Me cambias el discurso del hombre, please; que a la mujer también le gusta estudiar, escribir y hablar de negocios. 😎

  • UNITÉ D'HABITATION DE MARSEILLE Le Corbusier Virginia Woolf
  • HALL UNITÉ D'HAB DE MARSEILLE le corbusier virginia woolf
  • el modulor le corbusier virginia woolf
  • Pasillos de l'unité d'habitation de marseille le corbusier virginia woolf

[…] cuando os pido que ganéis dinero y tengáis una habitación propia, os estoy pidiendo que viváis en presencia de la realidad: una vida –parece– vigorizante, tanto si puede ser comunicada como si no.

(Woolf, 1929). Una habitación propia.

Referencias:


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